Yo seguí con mi infancia feliz sin darme cuenta por ser tan pequeña de lo mucho que sufrieron y lucharon por mí mis padres. Si no hubiera sido por ellos y por mi constante esfuerzo y fuerza de voluntad, no hubiera llegado a ser lo que soy actualmente: una profesora sorda, totalmente integrada en la sociedad.
Cuando tenía año y medio de vida, nació mi hermano. Mi hermano nació oyente, por lo que fue un motivo de que mis padres no llegaran a pensar de lo que me había pasado realmente cuando me ocurrió el ataque repentino que conté en el anterior capítulo. Pero si mi hermano también hubiera sido sordo como yo, estoy convencida de que me hubieran diagnosticado antes la sordera.
Para cualquier niño sordo, es muy importante el diagnóstico precoz de la sordera, para poder actuar lo más rápido posible, y aplicar el tratamiento terapéutico más adecuado para cada niño según el tipo de sordera, grado de pérdida, etc. para poder rehabilitarlo. Aquí os paso esta página web con información útil sobre este tema: http://www.auditio.com/fcps/sordo.htm.
Mi padre me contó que cuando ya había aprendido a caminar, me llevó de paseo por nuestro antiguo barrio de Valencia. Por donde yo vivía, había una parada de tren. Pues mi padre se extrañó de que yo no reaccioné al ruido del tren cuando pasó uno de largo. A partir de ahí, mis padres empezaron a sospechar que algo me pasaba.
En mi caso, se diagnosticó mi tipo y grado de sordera cuando iba a cumplir cuatro años, justo antes de que me matriculara en un colegio público. Uno de los motivos por los que se tardó en diagnosticar mi sordera fue que ninguno de los varios médicos que visitaron mis padres fue capaz de descubrir la causa de que tuviera un retraso con respecto a mi hermano en el aprendizaje de la comunicación oral. Hay que tener en cuenta que la medicina de hace 30 años no tenía el mismo nivel de conocimientos y desarrollo que tiene actualmente. Pero después de muchas pruebas y visitas, un médico otorrino pudo diagnosticarme lo que me pasaba: tenía sordera neurosensorial profunda bilateral de origen iatrogénico. Es decir, una sustancia tóxica había afectado a mis nervios auditivos de ambos oídos con un grado de afectación profundo.
De esta manera, mis padres pudieron deducir la posible relación entre mi ataque repentino con una vacuna o medicamento que me inyectaron a los seis meses. Tanto mi primera vacuna como el medicamento me lo inyectó un mismo doctor, ya anciano, que tenía una consulta privada. Por tanto, la causa de mi sordera fue que me la provocaron, me dejaron sorda: un error médico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario