Cuando tenía seis meses de vida, ocurrió algo que marcaría el resto de mi vida.
Sucedió la coincidencia de mi primera vacuna con que me constipé, y mi madre me llevó a que me vacunaran, y también visitó a un médico que tenía una consulta privada, para que me recetara algún medicamento para el constipado.
Pues bien, ese médico que ya era anciano, me inyectó una dosis de estreptomicina, un antibiótico que me afectó al nervio auditivo, provocándome una sordera neurosensorial profunda bilateral. La estreptomicina, según me enteré años después, provocó varios casos de sordera por inyección.
Lo que pasó es que no era lo mismo hace más de treinta años que hoy en día, ya que por mi época se tardaba mucho más en diagnosticar la sordera de un bebé o de un niño de corta edad. En mi caso, la medicina de aquellos años tardó en diagnosticarme la sordera hasta cuanto cumplí los tres años.
Pero mucho antes, mis padres empezaron a sospechar que algo me pasaba, sin saber ellos qué me ocurría exactamente. Yo soy la mayor de tres hermanos, y yo soy la única que padece sordera. Mis padres también son oyentes.
Mi madre me contó que después de visitar al doctor, yo estaba con ella en casa. Ella estaba planchando la ropa y al mismo tiempo me vigilaba. Pues de repente, mi pequeño cuerpo sufrió un ataque, empalicediéndose mi cara de repente y mis ojos se me pusieron en blanco. Mi madre se asustó muchísimo y enseguida llamó a mi padre, que estaba trabajando. Él se fue corriendo a casa para ver qué pasaba, pero cuando él llegó, volvieron los colores a mi cara, y mis ojos aparecieron de la nada. Mis padres se calmaron, y pensaron que algo sin importancia me indispuso de forma pasajera. Pero en realidad, era algo mucho más serio, como descubrirían más tarde...
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